Mis pequeñas manos agarraban como si no hubiera un mañana el cartón de palomitas que con mucho equilibrio había sido capaz de llevar desde la entrada hasta aquella butaca aterciopelada, la cual me levantaba hasta el punto de no llegar a tocar el suelo con los pies. Los acomodadores iban y venían a lo largo del pasillo liderando a paso ligero grupos de personas, indicándoles sus asientos al llegar a la fila indicada. Aquel desfile de linternas que iban y venían en la oscuridad parecía algo místico, como el baile de unas luciérnagas en la noche.

En aquellas salas de cine se veía poco o nada. Mi pequeño estómago estaba bailando el hula-hop desde el instante en que agarré ese paquete que permitía que el calorcito del contenido llegara a mis deditos y los olores de aquellos ligeros pedacitos de gloria bendita blanca amarillenta se paseaban por mi nariz.

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Entradilla de Movierecord

A mí, lo único que me importaba era que el proyector empezara a funcionar y la película empezara a dar vueltas y viéndose en la pantalla, momento en el cual (por fin) me dejaban empezar a comer mis preciadas palomitas. Los mayores sabían que era incapaz de esperar a que empezara la película, pero también sabían que como empezara a comer según me sentaba en el asiento era capaz de acabármelas antes de que empezara la proyección y me pusiera a pedir más o triste porque se me habían acabado, de manera que fue un acuerdo tácito entre las dos partes. Puede que por eso es por lo que adoro los trailers y los anuncios que van antes de las películas cuando voy al cine, y cuando muy de vez en cuando se me viene la melodía a la cabeza que decía “Movierecord!” una sonrisa recorre mi cara. Y un hambre incontrolable de palomitas recorre mi estómago.

Hace un par de semanas realicé el experimento de comer con los ojos vendados. Para ello, calenté un plato de tagliatelles con boloñesa, unos de mis platos preferidos. La experiencia fue, cuanto menos, interesante.

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En primer lugar, llevé el plato calentito hacia la mesa, dispuse el tenedor en el lado derecho del plato y me vendé los ojos. Primera sorpresa: en ese momento, me doy cuenta de que realmente no tengo hambre. ¿Será posible? Venía corriendo a comer a casa porque estaba deseando hincarle el diente a este delicioso plato. Realmente tenía gula, porque con los ojos vendados sin ver la comida, las ganas de comer se desvanecían bastante. De hecho, si no fuera por el olorcillo que desprendía el plato podría haber llegado a la conclusión de que no tenía sentido a ponerme a comer. Pero bueno, el olor ganaba la partida. Así que me puse manos a la obra.

 

 

No sé si muy acertadamente o todo lo contrario elegí para esta experiencia un plato en el que tienes por un lado la pasta y por otro la salsa, que cuenta con trozos de carne y verduras varias. Cuando empecé a comer no había forma de coger en el tenedor una proporción válida de ambas, ya que intentando pinchar sólo conseguía pasta y si rebañaba sólo me llevaba salsa a la boca. No sentía felicidad por estar comiendo, sino más bien frustración. No estaba disfrutando de uno de mis platos preferidos, con lo que me gusta comer a mí…

A lo largo de la experiencia tuve que limpiarme bastantes veces la cara con la servilleta porque notaba los restos de salsa en mi barbilla constantemente. Una vez que acabé de comer (se me hizo largo) me di cuenta toda la salsa que había caído en mi sudadera, la mesa, mis pantalones, el suelo… Aquello parecía la matanza de Texas.

Existen muchos estudios acerca de cómo la vista puede formar una fuerte idea en nuestra cabeza, hasta el punto de engañarnos. En 2002 la psicóloga Kimberley Wade, de la Universidad de Warwick en Reino Unido, logró convencer a la mitad de los participantes de un estudio de que habían volado en globo en la infancia con el simple truco de mostrarles “evidencias” fotográficas manipuladas. Esto nos habla acerca de cómo podemos darle más veracidad a lo que estamos viendo que a lo que sabemos qué es real o no.

La mayoría de la gente que investiga todo el funcionamiento de cómo las imágenes visuales afectan a nuestro cerebro tiene claro que éste no actúa como una cámara de video recordando perfectamente todo lo que hemos visto, y que lo que vemos afecta en cómo le llega la propia información. Los errores que comete la mente humana a veces tienen un propósito útil.

Sergio Della Sala, experto en neurociencia cognitiva de la Universidad de Edimburgo, en Reino Unido, lo explica de la siguiente manera:

“Imagina que estás en la jungla y ves que la hierba se mueve. Lo más probable es que un humano entre en pánico y huya, ante la idea de que esté acechando un tigre.”

“Una computadora, sin embargo, puede calcular y deducir que en el 99% de las ocasiones es el viento el que produce el movimiento. Si nos comportáramos como computadoras, cuando de hecho hubiera un tigre, nos comería.”

“El cerebro está preparado para equivocarse 99 veces y salvarnos del tigre. Y eso es porque no es una computadora. Funciona con suposiciones irracionales. Es proclive al error y necesita atajos”, dice Della Sala. Esto podría arrojarnos un poco de luz sobre como interpreta las imágenes que nos llegan desde el exterior.

Existen varios restaurantes que juegan con la experiencia de no ver durante el tiempo que se está comiendo. Son diversos y no todos ellos tienen el mismo fundamento, por ejemplo el restaurante “No Veas”, en Sevilla, buscaba una integración de las personas invidentes y el juego de poder saborear la comida sin saborearla previamente por la vista. Los cocineros y los camareros del restaurante son invidentes y la comida se realiza en la más absoluta oscuridad. Curiosamente, los dueños del restaurante comentan que los comensales no muchas veces no aciertan con el tipo de comida que han degustado, en ocasiones piensan que han comido cerdo mientras que la realidad es que han comido ternera, piensan que han estado cambiado de vino cuando realmente sólo han estado bebiendo uno, o algunos incluso piensan que han comido carne cuando han probado pescado. Esto nos hace ver que no es tan obvio el identificar la comida que estamos ingiriendo simplemente por el sentido del gusto o del olfato.

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Fachada del restaurante “No Veas”, en Sevilla

En el mundo del arte, las experiencias de limitar la vista o la luz se producen de forma recurrente, buscando que el receptor explore de una forma más profunda el arte a través de los sentidos. Un ejemplo sería el danés OlafurEliasson, que ha trabajado varias veces jugando con la luz y la oscuridad en sus obras. Una de sus exposiciones, nombrada The Blackoutsem en el Tate Modern de Londres, hacía que los visitantes de dicha exposición tuvieran que recorrerla con una luz para poder iluminar las obras que quisieran ver, dado que la galería se encontraba en completa oscuridad. Esto producía un curioso juego de luces durante de todas las personas que se encontraban en la sala en ese momento. 

Las conclusiones de este experimento son varias. En primer lugar, después de hacer esto me di cuenta de que probablemente muchas veces comemos sin hambre. ¿Es la vista un elemento principal a la hora de decidir qué queremos comer e incluso cuanto? ¿Comeríamos lo mismo si no pudiéramos ver qué es lo que vamos a comer? ¿Es la vista lo que nos hace querer comer y lo que nos dicta qué queremos comer? El sabor de la comida, ¿está adulterado por la imagen que vemos de ella? ¿Es un elemento fundamental a la hora de identificar lo que comemos o precisamente lo que hace es falsear el sabor de lo que realmente estamos comiendo?

¿Cómo sería nuestra relación con la comida si nunca pudiésemos verla? ¿Dejaríamos de asociarlo a algo positivo? Estamos acostumbrados a ver y deleitarnos con lo que nos vamos a comer. ¿Esto cambiaría eliminando ese paso previo?

¿Cómo se consigue comer sin ver sin provocar una hecatombe de manchas a nuestro alrededor?

Tal como afirma Juhani Pallasmaa en su libro La imagen Corpórea, “Debido a la ilimitada producción y mercantilización de imágenes, suele entenderse el concepto de ‘imagen’ como una forma superficial y estilizada de representación artística y de comunicación visual. Además, suele atribuirse a este concepto un carácter instantáneo o momentáneo.” Es por esto que parece interesante eliminar de la ecuación todo lo que supone elementos visuales a la hora de crear una experiencia de comida en un restaurante.

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